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1) Conflicto de alta intensidad

En la hora más difícil

Raúl Zibechi

Está en juego la supervivencia de un pueblo. Si la actual ofensiva israelí fuera tan sólo un rapto demencial de un personaje como Ariel Sharon, la preocupación y el rechazo no serían mayores que las que produjeron anteriores acciones militares. Pero buena parte de la opinión mundial, y el propio pueblo palestino, sienten que esta vez algo diferente está sucediendo. La relación mundial de fuerzas ha cambiado a favor de los militaristas, la hegemonía estadounidense no tiene competidores a la vista, la política de "guerra antiterrorista" se ha trastocado, en Estados Unidos y en Israel, casi en paranoia. En suma, se respira un pesado clima de impunidad, que puede alentar una carnicería de grandes proporciones.

La diferencia en relación con escaladas anteriores está, también, en los detalles. La brutal intervención militar del ejército israelí en Ramallah, el ensañamiento contra todos y cada uno de sus habitantes, pero también contra los pacifistas israelíes y árabes israelíes, hace que el cerco contra Arafat sea -con toda la crueldad física y simbólica que conlleva- apenas un dato más de la situación. Cuando los soldados israelíes ocupan la ciudad y la recorren calle por calle con altavoces llamando a todos los varones de entre 15 y 50 años a abandonar sus casas -para ser detenidos como sospechosos de terrorismo-, se encienden todas las alarmas. Son métodos muy similares a los que empleaba el ejército de Hitler en los países ocupados, por mucho que esa apreciación, formulada por el premio Nobel José Saramago, les duela a muchos israelíes. Los terribles atentados que realizan suicidas palestinos no pueden, pese a toda la condena moral que merecen, compararse con el terrorismo de Estado que practica Israel. Sin embargo, la crisis actual no es más que el producto de diez años de errores y desaciertos, cuyo mojón principal fueron los acuerdos de Oslo.

LAS RUINAS DE LA PAZ. El largo y complejo proceso de paz iniciado en 1991 en Madrid por la Conferencia de Paz para Oriente Medio, convocada por Estados Unidos y la ex urss, y continuado luego de forma secreta en las conversaciones de Oslo, es consecuencia de la primera Intifada, iniciada en 1987 en la Franja de Gaza. Por primera vez desde la creación del Estado de Israel, en 1948, el pueblo palestino conseguía una victoria política y moral. Una victoria que no fue fraguada por los grupos militares que formaban en ese entonces la Organización para la Liberación de Palestina (olp) ni, mucho menos, por la diplomacia internacional, sino por una nueva generación de jóvenes palestinos de los territorios ocupados que se enfrentaron con piedras a los tanques del invasor. En efecto, las Naciones Unidas, los países árabes y el campo socialista fueron incapaces de obligar a Israel a cumplir la resolución de la onu que en 1947 delimitó las fronteras de los estados de Israel y Palestina, pueblo éste que nunca llegó a conformar su propio Estado en las zonas asignadas, que quedaron bajo control de diversos países árabes limítrofes.

Más grave aun fue la incapacidad de los organismos internacionales para obligar a Israel a cumplir la resolución 242 de la onu que señalaba que debía abandonar los territorios ocupados en la Guerra de los Seis Días, en 1967. O sea, Jerusalén Este, Gaza y Cisjordania, territorios ocupados y anexados por el Estado sionista. Peor aun, desde la derrota histórica del laborismo israelí en 1977, que había gobernado el país desde su creación, y el ascenso al gobierno del derechista Likud, se instalaron cientos de asentamientos de colonos judíos en los territorios ocupados.

Esta política fue una afrenta al pueblo palestino y a la comunidad internacional, ya que bloqueaba la posibilidad de que algún día pudiera erigirse un Estado palestino en Gaza y Cisjordania. A su vez, la veloz "desarabización" de Jerusalén Este, donde se construyeron con los años cientos de edificios y asentamientos judíos, cambió la faz de la ciudad para convertirla, casi, en una urbe judía.

El objetivo de la política sionista fue establecer un nuevo balance demográfico en los territorios. Así como en Israel viven algo menos de un millón de palestinos (llamados árabes israelíes) frente a cinco millones de judíos (siendo minoritaria la población judía en 1947 y casi inexistente a principios de ese siglo), en Gaza y Cisjordania se pretende llegar a largo plazo a una relación similar entre ambas poblaciones.

De ahí que Israel fuera manejando los tiempos del proceso de paz, con la inestimable ayuda de Estados Unidos y la miopía arrogante de la dirección de la olp, con el objetivo de que la "autonomía" palestina no afectara en absoluto la anexión de los territorios ocupados. Según los acuerdos y la forma como se fueron implementando, los palestinos llegarían a controlar algunas ciudades en Cisjordania, cercadas por el ejército israelí, y unos cuantos poblados en Gaza y Cisjordania; islotes en un mar de seguridad israelí. Esos enclaves autónomos no estarían comunicados entre ellos y sus habitantes y autoridades deberían pasar controles israelíes para dirigirse a los otros "islotes autónomos".

Más graves aun son las limitaciones en cuanto al uso de los recursos hídricos, verdadera llave del control geopolítico de la región, que quedaban en manos casi exclusivas de Israel, así como la virtual imposibilidad de tener algún tipo de desarrollo económico, en esas peculiares condiciones.

EL FIN DE LA SUBORDINACIÓN. No había que ser un lince para concluir que semejantes acuerdos suponían la mayor derrota del pueblo palestino, más grave incluso que la de 1948, ya que ahora se llegaba a una situación que institucionalizaba la sumisión hacia el ocupante. Pero no sólo los jóvenes palestinos captaron el sentido de los acuerdos de Oslo. Incluso en la sociedad israelí se elevaron voces opuestas a los mismos, ya que los más lúcidos y honestos percibían que estaban destinados a fortalecer los aspectos más retrógrados del sionismo, entre ellos el expansionismo. El académico israelí Shlomo ben Ami señaló en 1998 que "en la práctica, los acuerdos de Oslo se asientan en una base neocolonialista, en una vida de dependencia del uno hacia el otro, para siempre", en tanto para el escritor israelí Amos Oz representan "la segunda gran victoria del sionismo en toda su historia".

En la misma línea, Noam Chomsky señaló en una reciente entrevista que esos acuerdos son "una regresión respecto al modelo del bantustán aplicado en Sudáfrica hace 40 años". Ese es uno de los ejes de la cuestión. Unas 200 pequeñas áreas dispersas entre Gaza y Cisjordania, controladas por uno de los ejércitos más poderosos del mundo, no pueden recibir el nombre de "autonomía". En el interior de cada enclave palestino, ciertamente, la vida se parece a la de los terribles bantustanes del apartheid. Pobreza extrema y dependencia absoluta, ya que para ir al trabajo o a la universidad los palestinos deben pasar los odiados controles militares; imposibilidad de producir nada. En suma, una vida de humillaciones.

El agua es un buen ejemplo. Cada israelí consume la misma cantidad de agua que diez palestinos. El Estado israelí controla las fuentes de agua y su ejército rellena con cemento los pozos que construyen los palestinos para beber o para recoger el agua de lluvia, mientras en los asentamientos los colonos llenan sus piscinas y lavan sus coches a manguerazos.

El caso de Hebrón es paradigmático. Allí viven 120 mil palestinos y hay un asentamiento con 450 colonos judíos armados hasta los dientes. Allí debe estar, entonces, omnipresente, el ejército israelí para defender a esos colonos. Con razón, los críticos de los acuerdos apuntan que en realidad éstos suponían la legalización de los asentamientos judíos. "Capitulación" fue el vocablo con que los bautizó el intelectual palestino Edward Said.

LA LÍNEA DEL ODIO. La segunda mitad de los noventa fue dramática para Oriente Medio. En ambas sociedades se consolidaron algunas de las peores tendencias. Entre los israelíes, el asesinato del primer ministro Ytzhak Rabin, el 4 de novde 1995, marcó una divisoria de aguas. Apenas tres meses antes habían sido firmados los acuerdos de Taba (o de Oslo II), en Egipto, que implementaban algunos aspectos esenciales de lo que sería la autonomía palestina.

La derecha israelí no estaba dispuesta a aceptar ni siquiera una pequeña retirada de los territorios ocupados. La política de la derecha sionista, de acelerar los asentamientos mientras se negociaba en Oslo, terminó por generar una situación difícil incluso para los israelíes progresistas: el crecimiento, en calidad y en radicalismo, de los ultras, que se hicieron fuertes en los asentamientos y rechazan cualquier contacto con los palestinos.

Se trata de una diferencia notable con las formas de vida de los judíos que vivían en Palestina antes de 1948, o de los que llevan décadas en Israel. Muchos de ellos, sobre todo en ciudades interétnicas como Jerusalén, estaban habituados a un tipo de convivencia, en cierta medida, "normal". Por el contrario, los colonos son otra cosa: a menudo se trata de familias que llegaron hace poco tiempo desde Europa oriental, perseguidas por el nazismo, desconfiadas del mundo árabe. Entre esos sectores abrevan el nacionalismo y el sionismo más radicales, apoyados por los partidos religiosos ortodoxos.

Pocos días después del asesinato de Rabin, el especialista israelí Zeev Sternhell escribía en el diario israelí de izquerda Haaretz que "el sionismo no ha venido al mundo para realizar los derechos del hombre, levantar el estandarte de la igualdad entre los pueblos o realizar la justicia social", sino para "salvar a los judíos y conquistar el país". Crecieron en esos años todas las aprehensiones que llevaron a Albert Einstein, en 1938, a señalar: "Sería más razonable alcanzar un acuerdo con los árabes sobre la base de una vida común pacífica que crear un Estado judío. La conciencia que tengo sobre la naturaleza esencial del judaísmo tropieza con la idea de un Estado judío dotado de fronteras, con un ejército, y con un proyecto de poder temporal, por modesto que sea". Einstein no ocultaba su temor al desarrollo de un "nacionalismo estrecho" que echara por tierra la espiritualidad judía.

En suma, en los noventa crecieron las ideas, y ambiciones, del Eretz Israel (Gran Israel), que se resumen en ampliar el Estado incluso más allá de los límites actuales. En la versión de Sharon, desnudada estos días por el ministro de Relaciones Exteriores saudí, Saud al Faisal, "su objetivo es reducir a la nada los esfuerzos de paz, radicalizar el conjunto de Oriente Medio y transformar Israel en una fortaleza ligada a Estados Unidos y a los países occidentales y aislada del mundo árabe". En la entrevista concedida al madrileño El País, Faisal sostiene que Sharon "no se contenta con matar a los palestinos, sino que ahoga las esperanzas de paz en el interior de Israel, y esto es algo todavía más grave". Como se verá, ése es uno de los puntos clave de la situación actual.

Entre tanto, en la sociedad palestina ocurrían cambios de fondo. La instalación de la Administración Nacional Palestina (anp) en julio de 1994 fue una esperanza fallida. No sólo eso: su rotundo fracaso dio alas a los grupos islamistas radicales, como Hamas y la Yihad, que habían nacido al calor de la primera Intifada.

La gestión de Arafat fue, en realidad, espantosa. Dilapidó la cuantiosa ayuda internacional, generó una corrupción fuera de control y, para colmo, no resolvió ninguno de los problemas reales del pueblo palestino: su democratización, su educación, sus problemas sanitarios, ni tampoco los urgentes de una infraestructura mínima. Para peor, la policía palestina fue acusada por Aministía Internacional de practicar detenciones injustificadas de opositores y de torturarlos. Arafat nombró en cargos de responsabilidad a personas incompetentes pero fieles al grupo de la olp que había vivido en el exilio, los llamados "tunecinos", lo que levantó el rechazo de la nueva dirigencia que había nacido en los territorios, integrada por personas más jóvenes, más educadas y capaces y, sobre todo, más comprometidas con su pueblo. La hoy diputada y lingüista Hanan Ashrawi, quien terminó renunciando a su cargo en el gobierno de Arafat, es un buen ejemplo de este nuevo tipo de activistas.

A medida que caía la popularidad de Arafat y de su gobierno, minado por la corrupción más escandalosa, crecía la popularidad de los islamistas. Éstos habían rechazado los acuerdos de Oslo, se negaban a cualquier acuerdo con Israel y ansiaban la expulsión de los judíos de Palestina. El odio que proclaman hacia Israel atrajo a muchos jóvenes palestinos, desesperados, sin presente ni futuro. No sólo se enfrentaron a la anp sino que comenzaron a realizar actos terroristas en Israel y contra los colonos judíos.

Con razón Edward Said señala que uno de los principales problemas del pueblo palestino es la falta de una dirigencia a la altura de las circunstancias. Feroz crítico de Arafat y del islamismo, señala que el error de fondo fue haber apostado a los acuerdos de Oslo, que nada resolvían y humillaban al pueblo palestino. La segunda Intifada fue, en los hechos, un rechazo desde la base a esos acuerdos y a los dirigentes que los impulsaron y que gobernaban de forma corrupta.

BAÑO DE SANGRE. El resto de la historia es mucho más reciente y más conocido. En setiembre de 2000 estalló la segunda Intifada. Tuvo exactamente las mismas motivaciones que la primera, pero ahora la presencia de miles de policías de la anp y de militantes de las organizaciones islamistas cambiaron las cosas. De un levantamiento popular, como lo fue la primera Intifada y las primeras fases de la segunda, asentado en redes de solidaridad cotidianas, las cosas derivaron muy rápido hacia la militarización de la lucha.

En parte, era lo que buscaba el gobierno israelí. Pero fue, también, un grueso error de Arafat y de los islamistas. Nada sorprendente. Algo similar hubiera pasado en cualquier parte del mundo, donde la lógica de los partidos se terminara imponiendo a la del movimiento social. Se derivó así hacia un enfrentamiento militar clásico, donde la población civil apenas puede hacer oír su voz, pero pone la mayor parte de las víctimas.

Del lado israelí, se trató de un buen negocio. Véase. La militarización del conflicto le quitó oxígeno a ambas sociedades civiles. La campaña de atentados suicidas, impulsada en gran medida por las Brigadas de Mártires de Al Aqsa (nombre palestino de Jerusalén), fieles al liderazgo de Arafat, elevó la popularidad de Sharon y de los guerreristas. Para éstos, presentar a todos los palestinos como terroristas es la excusa perfecta para encarar la carnicería.

Sin embargo, esto oculta, como señala Said, que entre el 55 y el 60 por ciento de la población palestina prefiere otro tipo de lucha, formas de desobediencia civil no violenta, predominantes durante la primera Intifada, para terminar con la ocupación israelí. Porque para los palestinos, como para cualquier pueblo, la Intifada fue sobre todo una forma de autoafirmación, más allá de los resultados concretos que se obtuvieran en la mesa de negociaciones. Una forma de actuar, de acción directa podría decirse, que elevó su autoestima como pueblo.

Pero todo el sector palestino que apela a formas no violentas de acción ha sido casi tan mal tratado por el gobierno israelí como los terroristas de Hamas. Ahí está el caso del doctor Mustafá Barghouti, pacifista que dirige una organización humanitaria, detenido y golpeado por el ejército israelí en varias oportunidades. La estrategia de Sharon sólo se sostiene presentando a los palestinos como personas que lo único que pretenden es destruir a Israel y realizar atentados suicidas.

Por curioso que parezca, la sociedad civil israelí tiene, salvando las distancias, dificultades similares a la palestina. En otras ocasiones, cada vez que se registraba una ofensiva militar israelí, los grupos pacifistas, como Paz Ahora, realizaban manifestaciones muy importantes. La más célebre, cuando los crímenes de Sabra y Chatila en Líbano, en 1982, reunió en Tel Aviv a 400 mil personas contra la masacre. A raíz de la movilización de la sociedad israelí, el general Sharon fue obligado a dimitir como vicdel país.

Ahora se están registrando tímidas pero crecientes movilizaciones, tanto de palestinos como de árabes israelíes e israelíes. Hace dos semanas fueron 20 mil en Tel Aviv, lo que en este momento tan difícil parece toda una proeza. Cada vez son más los israelíes que rechazan el colonialismo de su país y reclaman el abandono de los territorios ocupados. El exprocurador general de Israel Michael ben Yair escribió en Haaretz hace un mes que Israel se convirtió en "una sociedad que oprime a otro pueblo impidiéndole la realización de sus legítimas aspiraciones nacionales". Y en estos momentos hay 390 oficiales y suboficiales reservistas de las fuerzas armadas israelíes que se niegan a servir en los territorios ocupados.

El militarismo de Sharon ha minado la credibilidad de Israel en el mundo y ha puesto en grave riesgo a la sociedad de su país. La tenaz y heroica resistencia del pueblo palestino, su empecinada lucha contra la ocupación, están empezando a agrietar el muro de silencio y complicidad tejido por el sionismo estadounidense en la superpotencia, clave para comprender lo que está sucediendo. Hasta un hombre como Zbignew Brzezinski afirma que Israel se está comportando como lo hacía el régimen racista de Sudáfrica.

Así como la causa de la república española fue la causa del siglo xx, "Palestina es una de las grandes causas morales de nuestro tiempo", como señala Said, a pesar incluso de los dirigentes de ese pueblo. Vale la pena destacarlo: el miércoles pasado unos dos mil judíos y palestinos manifestaron juntos en el puesto de control que comunica Ramallah con Jerusalén, a escasos diez quilómetros del lugar donde se encuentra cercado Arafat. Llevaban víveres y alimentos financiados por los propios pacifistas palestinos e israelíes. Fueron golpeados y gaseados. Cuando los soldados israelíes les arrebataron a los palestinos una bandera de su país, los judíos enfrentaron a los militares gritándoles "Criminales de guerra".

Vale la pena destacarlo porque, en esta hora de desgracia, esos pocos manifestantes representan lo mejor de esta humanidad sin rumbo ni ley. Son la tímida luz en el fondo del abismo. Lo único que puede salvar al pueblo palestino del genocidio que prepara Sharon y alienta George W Bush. n